Mal hecho

En arte, a veces, lo mal hecho permanece en el ánimo con más fuerza que lo esmeradamente bien hecho. Acaso la confirmación más famosa de lo anterior es la imagen de Venus realizada por Botticelli.

Es tan bella que olvidamos que su cuello es tan antinatural como el de “Alicia Estirada” dibujado por John Tenniel, y por lo mismo casi no nos damos cuenta de que el dorso de su brazo izquierdo es inarmónico respecto al resto de su anatomía. Más bien diríamos que esas desproporciones realzan su ternura. 

Alguna vez dijo Stevenson que hay una virtud sin la cual todas las otras son inútiles; esa virtud es el encanto. Pues bien, he ahí un ejemplo concreto.

Por otro lado, algunas de las más famosas obras de arte suelen ser hijas del azar o la negligencia. Tal es el caso de ─y niégamelo lector─  el ya famoso Ecce Homo de Borja restaurado por la bienintencionada y ahora célebre señora Cecilia Giménez Zueco.

Su iconoclasia no tiene nada de pose, premeditación o rebuscamiento. James Whistler declararía “el arte sucede en silencio”. Bien, pues la restauración de la silenciosa Cecilia Giménez ahora es parte del imaginario popular y aún más singular que la pintura primigenia.

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Metafísica

Caso contrario es una serie de exvotos compuestos deliberadamente para adornar una tetería de la Colonia Polanco de Ciudad de México. Están tan bien hechos, se les nota la escuela, la técnica y la enorme cultura general, pero han perdido naturalidad.

Hay algo en el arte que va más allá de lo que perciben nuestros sentidos como bien o mal hecho y esto es el espíritu, actitud o sentimiento que los anima. Se puede decir, incluso, que es algo metafísico.

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